
viernes, diciembre 26, 2008
miércoles, diciembre 24, 2008
sábado, diciembre 13, 2008
intervalo con cuento
Salgo de viaje mañana. Aunque dudo que me desenchufe de la red por períodos muy largos, no sé si vuelva postear hasta mediados de Febrero. Hecho que apenas si notarán los dos o tres que de vez en cuando se pasean por aquí. Y es para esos dos, o tres, o ....cuatro, que dejo entonces un cuento navideño que estuve escaneando hoy, en medio de las preparaciones de equipaje con todo su horror (tantas veces que me he trasladado en la vida de un sitio al otro, y nada que logro acostumbrarme a la anticipación del viaje). Pero en fin. Sepan perdonar los errores que pasé por alto, eso sí.
El cuento protagonizado por el detective Pepe Carvalho y su fiel Biscuter, y desde luego escrito por mi estimado Manuel Vázquez Montalbán, se titula: "La soledad acompañada del pavo asado" (Cuento de Navidad).
Que lo disfruten y la pasen bien en las fiestas.
La soledad acompañada del pavo asado
(Cuento de Navidad)
(Cuento de Navidad)
Se dio cuenta de que se acercaba Navidad a causa de un anuncio asomado como un buitre iluminado y amable sobre las destrucciones y las construcciones de la ciudad en tránsito desde la nada a la más absoluta Olimpiada. Un día al año merecen ser felices. Era una campaña de solidaridad con los pobres que también habían llegado tarde a la III Revolución Industrial, a pesar de los esfuerzos del gobierno para que tomaran el tren de alta velocidad en marcha (TAV). Navidad. Le vino a la boca un regusto de aceitunas rellenas y champán Gramona, un champán que por misteriosos caminos llegaba a su infancia, con una calidad discordante con la sabiduría y la capacidad adquisitiva champañera de los años cuarenta o tal vez no era tan misterioso el camino: el lote de empresa que su padre recibía de Carol Prat Hermanos, el almacén de utensilios de laboratorio donde el viejo cumplía los preceptos bíblicos sobre el trabajo, mozo de cargas y descargas, en la imposibilidad de seguir siendo funcionario de una República vencida. Las aceitunas rellenas aparecían como un lujo del espíritu, compradas a granel en la tienda de salazones de la calle, donde el señor Joan repartía cucuruchos de papel de estraza o envoltorios del mismo papel para rectángulos de bacalao remojado, pedazos del alma blanca recuperada de aquellos misteriosos peces que parecían de cartón, colgados de los techos de azulejo de la morgue salada. El bacalao servía para las atascaburras, un plato de Nochebuena que su abuela se había traído de Cartagena, llegado allí por una invertida emigración del bacalao seco, por los caminos de la Mancha hacia el mar, y al día siguiente las aceitunas rellenas iniciaban un menú mestizo en el que la escudella i carn d'olla de la tierra de Promisión les catalanizaba por la vía entonces más segura para las ideologizaciones, el paladar, a veinticinco años de distancia de la aparición del sexo como la distancia más corta que podía llevar de la comunión diaria a Mao Tse Tung o Louis Althuser. Ya partir de un momento impreciso en su memoria apareció el pavo asado como un espectáculo barroco iluminado por la efervescencia dorada del champán Gramona, champán que él entonces tomaba escasamente y a disgusto de que no fuera el Canals Nubiola, pregonado por la radio en una cuña insistente y seductora:
Ara ve Nadal.
matarem el gall
i a la tia Pepa:
li donarem un tall.
matarem el gall
i a la tia Pepa:
li donarem un tall.
Se pasó una mano interior por los ojos ocultos del cerebro y cuando la retiró, Carvalho se quedó ante la evidencia de que Navidad se acercaba y carecía de elementos para el ritual de hacer felices a los demás, aunque sólo fuera por un día. Charo se había marchado a Andorra a regentar un hotel, definitivamente cansada de las ausencias corporales y telefónicas de un Carvalho desganado de sí mismo y por extensión de todo lo que le ratificara su identidad. Allí estaría atendiendo un hotel, acurrucada entre las montañas nevadas, friolera y sola o tal vez había encontrado a otro fugitivo, como ella, refugiado en uno de los cul de sac de Europa, del mundo.
-Biscuter, ¿qué planes tienes para el día de Navidad?
Le notó embarazado en el rumiar y en la respuesta.
-No se preocupe por mí, jefe. Tengo un compromiso.
Biscuter tenía un compromiso. Eso sí era un misterio. ¿Qué barco había llegado a su isla? ¿Qué pasajero o pasajera había desembarcado? Tenía por norma no preguntarle a Biscuter por su vida privada pero desde el supuesto de que carecía de ella, cuando le descubría pequeños territorios de historia personal instranferida, Carvalho se sorprendía, tal vez desde el egoísmo de suponer que Biscuter no tenía otro sentido que el que le daba la convivencia mutua en aquel despacho que necesitaba una mano de pintura y esperanza.
-¿Y usted qué hará, jefe?
-Visitaré una meca gastronómica nueva o le pediré a Antonio que me haga en La Odisea un menú de Navidades Negras, por ejemplo esa lasagna genial que hace tiñendo la pasta con tinta de sepia y rellenándola como morcilla de España interior.
-La rehostia, jefe. Lo que no piense el Antonio. ¿Qué es eso de Navidades Negras, jefe?
-Lo contrario de Navidades Blancas.
Pero cuando se cernieron las fiestas inevitables, Antonio Ferrer había trasladado La Odisea a un castillo de Orriols en Gerona, y la obsesión por cómo cumplir el expediente de la liturgia de la felicidad cebada se alternaba con la angustia por no saber estar a la bajura de su circunstancia. Entre comer fuera de casa y refugiarse en ella acompañado de una botella de Knockando Gran Reserva y un bocadillo de mejillones en escabeche de lata, quedaba el recurso de cocinar para sí mismo, como una Babette que naufraga en una isla desierta. Rechazó la propuesta de Fuster de sumarse a un festín familiar en su pueblo, Villores, temeroso de ir de puntillas, como un intruso en el ritual añejo de una familia grande y antigua abocada a los recuerdos digestivos, a esas melancolías húmedas que suceden a las saciedades absolutas, y por todo ello se empujó a sí mismo a meterse en el mercado de la Boquería a comprar mecánicamente un menú mestizo que le dictaba implacable la memoria: aceitunas rellenas," bacalao remojado, ñoras, un pavo, jamón, salchichas, ciruelas confitadas, orejones, piñones, desguace de una receta que tenía completa en algún rincón del cerebro. Luego recurrió a turronería del pastelero chocolatero escultor Capdevila, comprobó que le quedaban algunas botellas de Gramona Brut Nature en su bodega excavada bajo el jardín de Vallvidrera. Decidió no hacer la escudella i carn d'olla porque cualquier pot au feu está reñido con la desolación de la comida sin compañía. Contemplaba una y otra vez todas aquellas naturalezas muertas en el nicho del frigorífico, como si repasara los ahorros de la nostalgia y acariciara con la mirada los materiales de una construcción rigurosamente conmemorativa. Pero en la trastienda de su conciencia, la evidencia de que se había roto la familia-artificial que había acumulado recogiéndola de los containers humanos de Barcelona, le enfrentaba a una premonición de su propia muerte. Charo en Andorra humillada y ofendida, Bromuro muerto y Biscuter, con su «compromiso». ¿De qué compromiso se trataba? Tenía tantas ganas de saberlo como de no saberlo, pero era evidente que Biscuter preparaba algo especial para la fiesta y que ese algo especial se parecía mucho a una escudella i carn d'olla, a juzgar por los descubrimientos de carnes, butifarras y garbanzos que Carvalho hiciera en la nevera situada en la cocinilla ad látere a su despacho y al minúsculo dormitorio de su ayudante. Una mañana se apostó tras la estatua dedicada a Pitarra, desde la que podía contemplar la entrada al caserón donde estaba ubicado su propio despacho y aguardó la salida de Biscuter, para seguirle a lo largo de una serie de compras normativas por los pequeños establecimientos del barrio, y luego el regreso a la madriguera con las bolsas de plástico colgándole de los bracillos y la lengua entre los dientes como para fijarse la dirección de la ascensión o la altura exacta de los escalones. Repitió la vigilancia a otras horas y finalmente Biscuter le abrió un itinerario inesperado que se adentraba en el Barrio Chino, más acumulador de suciedad y sordidez que nunca, como si quisiera justificar a los bulldozers regeneradores que abrían los caminos de la modernidad a través de las brechas de las casas derribadas. Biscuter se metió en una escalera concordante con las irreparables corrosiones de una fachada de trescientos años mal llevados y desapareció durante media hora, para salir con el paso alegre, caminando a saltitos por las aceras hechas añicos, sorteando cuerpos puteros, sidáticos, pirados, policíacos, o simplemente- deshabitados que ocupan obstinadamente los precarios andenes, como si hubieran sido implacablemente apeados para siempre desde un tren en su último recorrido. Carvalho dejó que Biscuter se escapara con su extraño gozo y se metió en el portal, aunque dudó ante las tiniebIas sólidas de la escalera antes de remontarla en busca de alguna señal que relacionara aquel entorno con su ayudante. Las mismas puertas viejas encerrando la nada y casi nadie le fueron motivando hasta que llegó a la que impedía el acceso al terrado, y cuando descendía se topó con un muchacho pordiosero con los ojos dilatados que aún abrió más al distinguirle en la penumbra, antes de volver sobre sus pasos y bajar los escalones de tres en tres, adivinando una extranjería peligrosa en aquel intruso vestido gracias a las correctas rebajas de El Corte Inglés. Llamó a una puerta y nadie respondió, llamó a otra y una anciana pálida y gorda se quedó estupefacta cuando le preguntó por Biscuter. Luego volvió la cabeza y preguntó en dirección a unos cuerpos confusos sentados y ensombrados.
-¿Alguno de vosotros se llamaba, se llama o conoce a Biscuter?
Uno de los cuerpos se puso en movimiento, simplemente para alzar la cabeza y mirar en dirección de la gorda y de Carvalho. Fue una señal pretexto para que él rodeara el corpachón de la mujer y se metiera en una habitación con los cristales rotos remendados por tiras de papel engomado, en la que un muestrario de cinco o seis viejos permanecía refugiado en el territorio singular y propicio de cinco sillas que habían sido de anea. El que había alzado la cabeza la había vuelto a bajar para ignorar la existencia de Carvalho y no le miró cuando le preguntó si conocía a Biscuter.
-Es que, soy su jefe y tengo una urgencia. He de encontrarlo y me había dicho que quizá se acercaría hasta aquí para verle.
El viejo levantó la cabeza y los ojos de Carvalho se quedaron en los suyos, pequeños, de un verde sucio de botella de trapería, unos ojos que él ya había visto pero no sabía dónde ni cuándo.
-Acaba de marcharse. Es mi amigo.
-¿ Vive usted aquí?
El hombre asintió y trató de encontrar algo en los bolsillos de una chaqueta de pana tan vieja que ya no tenía marcados los bordones, se había convertido en puro calvero de terciopelo.
-Esto es una pensión.
Dijo la gorda a su espalda. El viejo había conseguido sacar del bolsillo una pipa en la que sólo la vejez conseguía competir con la cualidad de la suciedad. La manoseaba, vacía, pero finalmente se decidió a hurgar otra vez en las profundidades de sus bolsillos, para sacar de allí tres colillas que deshizo sobre la palma de una mano enorme.
-Fuma, fuma. Que un día vas a reventar de la bronquitis.
El viejo siguió implacable su operación, llenó la cazoleta de la pipa y otra vez removió el fondo de su bolsillo pozo para extraer otra vez un objeto que refulgió como un relámpago de recuerdo ante la mirada de Carvalho. Era un mechero hecho con un pedazo de tubería de cobre y Carvalho volvió a verlo treinta años atrás, en las manos del barbero de la cárcel de Lérida, acercándose llameante a aquellos ojillos de verde sucio, encendiendo una y otra vez la pipa inclinada para pronunciar la llama tangencial, pausas continuas en el afeitado parsimonioso e inquietante para los reclusos que observaban las manos del barbero asesino con la misma desconfianza con que le miraban los ojos opacos.
- Y los demás a joderse con el humo.
La patrona había conseguido ser miembro de algo: del club de inquisidores de los fumadores de tabaco. Pero el recuperado barbero carcelario no le hizo caso y encendió su manjar de colillas desde una satisfacción total. Carvalho sacó un estuche de cigarros y le tendió un habano Rey del Mundo. El viejo lo cogió al vuelo, lo olió, se animaron sus ojos de culo de botella.
-Me lo fumaré en la pipa.
Carvalho regresó al despacho reconstruyendo los pedazos de historia del barbero que iba separando del puzzle desordenado de su estancia en la cárcel de Lérida, donde había conocido a Biscuter, después del encuentro de Bromuro en la Modelo de Barcelona. El barbero era un asesino que llevaba la ropa carcelaria como si fuera un hábito y jamás hablaba de la causa de su encierro, aunque pertenecía a la sabiduría común interiorizada de aquella cárcel de asesinos, depravados sexuales, estafadores locales y cuatro jóvenes subversivos, saciados con veinte duros de marxismo y las enormes cantidades de asco que provocaba la mediocre y cruel fealdad del franquismo. El barbero estaba haciendo el servicio militar y se metió en una serrería a robar algo con que enriquecer su existencia de recluta ex inclusero e hijo de puta. El encargado del almacén salió del duermevela y recibió un tablonazo en la cabeza que lo dejó medio muerto. Sólo medio muerto. El asaltante creyó que lo estaba del todo y lo enterró en el serrín, como los gatos domésticos ocultan su mierda, ignorante de que el médico forense llegaría días después a la conclusión de que el guardián había muerto asfixiado.
-Biscuter, he visto al barbero.
Biscuter estaba molesto y aliviado.
-¿Es tu compromiso de Navidad?
-Sí, jefe. Me lo encontré en la plaza Real. Estaba tomando el sol, fumaba en su pipa, la pipa de siempre, se le apagaba, se le apagaba como siempre...
Miraba, miraba como siempre, pero no a sus asustados clientes, sino, quizá la escena de su desgracia, cuando mató dos veces creyendo que sólo lo había hecho una, reflexionando sobre la única vez que había sido el dueño de su destino, un pésimo dueño de su destino. Era la mañana del día veinticuatro de diciembre y en la olla de aluminio de la relavada vajilla de Biscuter, empezaban a cocer las carnes fundamentales del cocido. Llegaba ese momento en que el hueso de jamón empieza a dominar antes de llegar al consenso de los olores y a la propuesta del aroma final del plato más ambientador que existe.
-Biscuter. Termina tu escudella y te la subes a Vallvidrera. Yo pongo mis atascaburras, es un recuerdo personal y si no os gustan las dejáis... pero luego prepararé un pavo relleno. Turrones. champán... bueno, ahora se llama cava. Gramona Brut Nature.
-¿ Y el barbero ?
-Ven con el barbero.
Las atascaburras a la cartagenera, y sobre todo a la manera de la abuela de Carvalho, se hacen cociendo patatas, bacalao, ajos y ñoras. Se machaca luego en el mortero, con más o menos ajo según la naturaleza más o menos celtibérica del paladar implicado, y se liga un engrudo con aceite y limón que ha de quedar como un puré rojizo, de sabor lácido y agresivo, con el bouquet final del bacalao ensimismado. En cuanto al pavo, deshuesado y bien limpio, recibe una farsa de salchichas, pedacitos de jamón, de ciruela y orejones escaldados, trufa, castañas cocidas, piñones, sal, pimienta, canela, perejil, vino rancio y luego se asa en una cazuela lubricado con manteca de cerdo y aromatizado con más canela, laurel, orégano, vino rancio y algo de agua para que la salsa sea luego suficiente y exactamente untuosa. El barbero tomó dos bocaditos de atascaburras, pellizcó con el tenedor la farsa y masticó apenas jirones del muslo que Carvalho le puso en el plato como huésped principal de la casa. Entre bocado y bocado, trago y trago, encendía la pipa que había llenado con las bolitas de tabaco que extraía de una caja de Sobranie Reserve Blend. Blended by hand from the very finest Virginia tobaccos hithertho reserved exclusively for the directors of Sobranie Ltd. Scottish Mixture. No.3 made in England, 50 9 Net Weight, que Carvalho le había regalado. Calzaba el barbero las zapatillas de felpa obsequio de Biscuter y brindó con cava secundando la propuesta de Biscuter. Pero a Carvalho le pareció que estaba sin estar aunque algo parecido a una sonrisa quedaba en la retaguardia de su mirada verde sucia, encerrada todavía en una serrería, posiblemente enterrada en el serrín. Biscuter se echó a llorar silenciosamente cuando terminaron entre él y Carvalho la tercera botella de cava. Carvalho necesitó, además, que sus compañeros de banquete se marcharan, y ya en compañía de todos los muertos que sólo él recordaba, buscara el mejor desahogo para las digestiones enquistadas del banquete de amor y de muerte del día de Navidad. Un llanto a solas, seco, sonoro y un sueño reparador, como un caldo obtenido de todas las substancias de la memoria.
Manuel Vázquez Montalbán
(aparecido en: EL HERMANO PEQUEÑO, Planeta,1994)
(la etiqueta 'feliz cualquiercosa' contiene un cuento, que otro día cuento)
viernes, diciembre 12, 2008
el regreso de ulises
Para Cam
Estaba por cometer un crimen de doble traición: el sencillo que va implícito en cualquier traducción, además del de querer traducir del inglés al español un poema que escribió en el griego original ese entrañable Yannis Ritsos —a quien, no está por demás recordar, 'El Papelito Clandestino' debe su nombre—. No sería la primera vez, pero con un poeta querido, la culpa y la desazón son dobles. Para mi fortuna lo encontré traducido al español . Sin embargo la tentación de cambiar de lugar y sustituir unas palabras , fue inevitable.
Aquí el poema, que me ha encantado especialmente, debido a que la figura de una Penélope sumisa siempre me fastidió.
Que nos perdone el poeta por la traición.

La Desesperación de Penélope
No era que no lo hubiese reconocido a la luz del hogar, no eran sus
andrajos de mendigo, su transfiguración; no: había indicios claros-
la cicatriz de su rodilla, su robustez, la astucia de su mirada. Asustada,
apoyando la espalda en la pared, buscaba una excusa,
una corta prórroga de tiempo, para no tener que contestar,
para no traicionarse. ¿Había gastado entonces veinte
años por él?
¿Veinte años de sueños y anticipación, por este desdichado,
esos bigotes blancos manchados de sangre? Muda, se dejó caer
en una silla, miró lentamente a sus pretendientes muertos en el suelo, como si mirase
muertos sus propios deseos. Y: «bienvenido», le dijo,
escuchando su propia voz, extraña y lejana. En el rincón, su telar
llenaba el techo de un enrejado de sombras, y aquellos pájaros
que había tejido contra un follaje verde en brillantes hilos rojos,
de repente, esta noche del regreso, se tornaron de color ceniza y
negro, volando por el cielo llano de su última perseverancia.
Yannis Ritsos (1909 - 1990)
Imagen: la encontré en la red y por única referencia decía que es Penélope (en el Vaticano)
jueves, diciembre 04, 2008
martes, diciembre 02, 2008
a cierta edad
Quisimos confesar nuestros pecados mas no hubo interesados.
Nubes blancas rehusaron aceptarlos, y el viento
Andaba ocupadísimo visitando un mar tras otro.
No tuvimos éxito en atraer a los animales.
Los perros, decepcionados, esperaban una orden.
Un gato, como siempre inmoral, se estaba durmiendo.
A una persona, al parecer muy cercana
La tenía sin cuidado oír lo sucedido hace tiempo.
Conversaciones con amigos alrededor de vodka o café
No deben prolongarse mas allá de los primeros signos de aburrimiento.
Sería humillante pagar por hora
A un hombre diplomado, sólo por escuchar.
Iglesias. Quizás iglesias. ¿Pero confesar ahí, qué?
Que nos creíamos bellos y nobles,
Pero luego en nuestro lugar un feo sapo
Medio abre su grueso párpado
Y uno ve claramente: "ése soy yo"
Czesław Miłosz (Berkley 1992)
Nacha, inmoral absoluta
At a Certain Age
We wanted to confess our sins but there were no takers.
White clouds refused to accept them, and the wind
Was too busy visiting sea after sea.
We did not succeed in interesting the animals.
Dogs, disappointed, expected an order,
A cat, as always immoral, was falling asleep.
A person seemingly very close
Did not care to hear of things long past.
Conversations with friends over vodka or coffee
Ought not be prolonged beyond the first sign of boredom.
It would be humiliating to pay by the hour
A man with a diploma, just for listening.
Churches. Perhaps churches. But to confess there what?
That we used to see ourselves as handsome and noble
Yet later in our place an ugly toad
Half-opens its thick eyelid
And one sees clearly: "That's me."
Czesław Miłosz (Berkley 1992)
traducido al inglés por Czesław Miłosz y Robert Hass
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